Una experiencia de vida. Gracias a la Fundación Sembrarvalores

 

Agradecemos esta nota a Teresa Casaubón de Puiggari de la Fundación Sembrarvalores

Pum para arriba

Dicen que la vida "no es fácil", y existen muchos argumentos que lo avalan. Pero, ¿qué ponemos en la balanza a la hora de juzgar?

"Mi vida tenía que ser muy fácil. Elegir qué quería en mi vida y esperar que se produjera mágicamente. Cuando era pequeño, mi vida era sencilla: deseaba algo y se cumplía. Desde que tuve la capacidad de discernir qué quería para mí, la realidad se vio modificada por acontecimientos que rompieron mis esquemas. Descubrí que no todo dependía de mí".

Sentir miedo por primera vez

Un día, mi mamá nos reunió a mis hermanas y a mí para anunciarnos que se separaba de mi padre, aunque ellos iban a estar siempre a nuestra disposición… Y pum. En ese momento, de sentimientos encontrados tuve miedo por primera vez. Pero mi mamá me enseñó que el miedo lo único que hace es paralizar, que no te podés hacer chiquito y esconderte atrás de un árbol.

Unos meses más tarde, empecé a notar cambios que me llevaron a reflexionar: mi familia había dejado de ser igual a las otras. Me tranquilizó el hecho de que, si bien la estructura familiar se había modificado, mis padres seguían queriéndome y estaban presentes para mí.

 

Mi padre

Pasó el tiempo y empecé la facultad. Papá era fóbico a los médicos –a pesar de ser muy amigo de varios– pero era cincuentón y comenzó a hacerse estudios. Nosotros estábamos contentísimos porque, de un día para el otro, dejó de fumar y tomó la decisión de realizarse un chequeo general.

Cuando tuvo que hacerse el último examen, me pidió que lo acompañara. Fuimos al hospital, él entró a una sala y, al rato, apareció el médico pidiéndome algunos datos. Inesperadamente, lanzó la frase: "no sé si estamos a tiempo de operar". ¿Operar qué? Si había dejado de fumar y todos sus estudios habían salido bien. "¿Qué hago?, ¿qué pregunto?, ¿a quién? ¡Pum! Miles de preguntas sin respuestas. Reconocí que el terror me invadía nuevamente y me paralizaba. Consulté desconcertado: "¿Qué tiene mi papá?" Y me confirmaron lo peor: cáncer. Papá estaba con los ojos brillosos, no dijimos ni una palabra y nos fundimos en un abrazo. Emprendimos la retirada por la escalera. Piso tras piso pensaba: "¿Qué lo iba animar lo suficiente para darle tanta fuerza como la que necesitaba?" Mis planes habían cambiado una vez más.

Mi padre murió 249 días después. Durante ese tiempo, opté por "esconderme" entre el estudio, el deporte y los amigos. El miedo me jugó una mala pasada, y terminó por ganarme.

Lo que el cuerpo me deje

Siendo casi un adulto, cansado del ritmo del trabajo y sus presiones, el corazón roto, falto de deporte y con una tos constante y molesta fui al médico, quien ordenó una radiografía y sugirió que fuese a ver a un neumonólogo.

Por suerte tengo varios Angelitos de la Guarda. Uno de mis angelitos preferidos me consiguió inmediatamente un turno y otro de ellos consiguió que me hicieran todos los estudios en el momento.

Esa misma tarde, el doctor, con lágrimas en los ojos, me dijo que tenía cáncer. Aparecieron en mi cabeza los 249 días que supe que papá tenía esta enfermedad. Y otra vez el miedo apareció en mi vida.

Y los planes… ¿qué planes? Acá era cuestión de ser inteligente y no dejarme vencer por el pánico. O evolucionaba y crecía, o perdía. Y decidí luchar creciendo. ¿Solo? Por supuesto que no. Necesité de mucha gente con mucha fuerza y amor, y tuve la suerte de que alguien hizo que un sabio se cruzara en mi camino. Un médico que me ayudó a trazar mis planes para esta nueva dificultad. Él me recomendó hacer "todo lo que mi organismo me permitiera". ¡Lo que nunca se imaginó era que yo era yo!

Comencé con quimioterapia, una sesión cada 15 días. A la semana de mi primera sesión, mis glóbulos blancos bajaban al 30% de sus valores normales. Esto no me iba a ganar. Yo quería realizar todo lo que el cuerpo me permitiera. Jamás dejé de trabajar ni de juntarme con mis amigos. Es la base en la que me apoyo mis afectos, y me ayuda a levantarme cada día. Y lo mejor que hice a los dos días de una quimio fue irme a esquiar con mis hermanos postizos, ya con mi peluca agujereada. No fue fácil, tuve que negociarlo con mi médico, quien no entendía cómo me había atrevido a concretar semejante expedición.

Los planes en la vida son simplemente eso, planes. Nos ayudan a decidir los caminos que transitaremos, pero, de ninguna manera condicionan la realidad. La vida es imprevisible Escribir aquí

El amor de mi vida

Sabía, dentro de mí, que si aprendía y evolucionaba iba a tener un crecimiento increíble.

Pude haberme refugiado en la enfermedad, pero me hubiera perdido de vivir miles de experiencias durante esos ocho meses de tratamiento, en los 15 días que tenía entre una quimio y la otra. Debía cuidarme más y entender cuándo mi cuerpo podía y cuándo no.

Hoy siento que crecí, y mucho. Fue una evolución espiritual y humana que se desarrolló con naturalidad. Es la base en la que me apoyo cada día que me levanto. Y mis planes cambiaron en medio del tratamiento. Al tiempo, me volví a poner de novio con "el amor de mi vida", que hoy es mi mujer.

Los planes en la vida son simplemente eso, planes. Tener planes no te asegura ninguna realidad: pueden ayudarte a elegir los caminos que vas a transitar y hacerlos más previsibles, pero no condicionan tu realidad. Son gratis y son propios. La vida es imprevisible y la compartimos entre todos con la voluntad de cada uno de nosotros. Mis planes pueden cambiar y puedo volver a hacer otros. No depende solamente de nosotros que se cumplan. Por eso, acá mi plan fue: contar este testimonio para que pueda ayudarle a alguien cuando le cambian los planes".

CREDITOS: Nacho | Testimonio de vida

 

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