Expedición de socios al nevado de Chañi, el techo de los Andes jujeños

Manuel López Llovet, Adrián Ripoll y Santiago Viglione viajaron al norte argentino y lograron una de las las cumbres más emblemáticas del país, a 5.896 msnm

Manuel López Llovet, Adrián Ripoll y Santiago Viglione, en la cumbre del nevado de Chañi (5.896 msnm)

Cuando con Adrián y Santiago empezamos a soñar con escalar un cerro del norte de nuestro país, una de las primeras cosas que hicimos fue comentarlo en el grupo de Andinismo de CUBA. Desde la escalada al Volcán Domuyo que conocíamos de la existencia de la disciplina en el club, y nuestra experiencia con la capitanía y los consocios había sido muy buena.
 
En seguida recibimos mensajes alentadores y diversos consejos sobre la escalada en las regiones desérticas del norte. Después de barajar varias posibilidades nos decidimos por el nevado de Chañi (5.896 msnm), el techo de los Andes jujeños. La capitanía se puso a disposición, nos prestaron los equipos y estuvieron atentos a nuestros andares.
 
La expedición iba a durar un total de 5 días. El primero, en Salta, consistió en hacer una pequeña cumbre en el Cerro San Lorenzo (2316 msnm). Perteneciente a la zona de las Yungas o Selvas en altura, la pendiente fue amable, y por la humedad sobró el oxígeno. Conocimos al guía, probamos los equipos, las piernas y la altura.
 
Al día siguiente partimos para Humahuaca, Jujuy, almorzando en Tilcara. Atravesamos el camino de la cornisa, ruta que une Salta con Jujuy por los cerros absolutamente selváticos que las separan. Introduciéndonos en la quebrada, la yunga se transformó en puna en pocos segundos. Allí pasamos el día, hicimos un poco de turismo, mientras acostumbrábamos a nuestros pulmones a los 3012 msnm que tiene Humahuaca.
 
Al tercer día partíamos en una 4x4 hacia El Moreno, paraje ubicado a los pies del solemne Chañi. Antes hicimos una parada en las Salinas Grandes. Ya desde allí el Nevado vigilaba toda la puna con sus imponentes paredones. Almorzamos en el paraje y partimos, aún en 4x4, hasta el primer refugio: Flor de Pupusa/ Casa Mocha. El mismo se ubica en un antiguo asentamiento Inca a 4200 msnm. La altura se sentía, maximizada por la sequedad absoluta del ambiente, que se sentía en la nariz y la garganta. El sol pegaba fuerte. Desde el refugio se adelantaba la panorámica de la que disfrutaríamos toda la ascensión. La extensión del altiplano, la quebrada, el salar, y los grandes nevados del norte.
 
Allí dormimos y partimos el día siguiente hacia el segundo refugio: Jefatura de los Diablos, ubicado a 5000 msnm aprox. La pendiente fue amable, paralela a una vertiente de agua, pero la altura empezaba a sentirse en esporádicas jaquecas y en la falta de aire. Varios metros antes de llegar al refugio alcanzamos la última fuente de agua. Allí tuvimos que recargar al máximo nuestros reservorios… mantenernos hidratados fue fundamental para pechearle a la altura.
 
Esa noche dormimos en Jefatura. El atardecer enrojeció las nubes y montañas y tiñó al salar de un rosado particular. A las 5 am nos despertamos para intentar la cumbre. Salimos con las primeras luces por un zigzagueante camino enlajado, buscando el último abra. Fueron varias horas en las que la postrera cima parecía escapársenos constantemente. Finalmente, sobre las 10.30 de la mañana lo alcanzamos. Desde allí se veía un enorme anfiteatro frente a nosotros, coronado por la regia cumbre del Nevado. Podíamos ver todo el camino que nos faltaba para llegar a ella, bordeando el filo por la derecha. Se evidenciaba que, para los amantes de la escalada técnica, el cerro ofrecía muchas alternativas desafiantes.
 
Después de comer algo retomamos la subida. Para evitar una elevación que luego realizaba un leve descenso, bordeamos el montículo por un nuevo enlajado. El guía apuró el paso y la jaqueca se transformó en un tambor sordo en las sienes. Cualquier movimiento brusco acentuaba el dolor. Cada paso costaba el doble, y uno intentaba mantener un ritmo lento pero firme y monótono. Por suerte, el clima acompañaba. No había viento ni hacía frío. Rodeado el montículo, frenamos a descansar, pues nos sentíamos agitados y mareados. El corazón hacía esfuerzos desesperados por transportar el poco oxigeno que captaban nuestros pulmones a los agarrotados músculos. Saturamos bajo y apareció la alternativa de volver. Nuestros cuerpos se sentían al límite de sus fuerzas.
 
Decidimos seguir un poco más, al menos hasta los pies de la última pendiente. Allí nos detuvimos. Quedaban varios metros en una ascensión por nieve, con una inclinación de 45 grados. Pero la cumbre se veía despejada y tan cerca… Sin pensarlo demasiado nos calzamos los grampones y con mucho esfuerzo hicimos el último tirón. Alcancé la cima con el cuerpo exhausto, llevado al límite. Nos abrazamos, y yo lloraba. Quizás de pronto emulando otras dificultades de mi vida superadas. Los que hacemos esto sabemos que en nuestro diálogo con la montaña se juegan y aparecen fibras muy profundas de nuestro ser. Cada uno llevaba a ese techo jujeño todo lo propio y el encuentro en la cima fue emocionante.
 
La cumbre recompensó con creces. El día era perfecto. No había viento y el clima era muy agradable. Se veía el Jujuy desértico de un lado, toda la extensión del salar y varias cumbres monstruosas… y las nubes cubriendo las Yungas del otro. Es que el Chañi se encuentra en la divisoria de biomas. Del lado contrario al de nuestra subida se extendían las selvas de altura. Es difícil de creer que unos pocos metros separen la puna de la yunga. Pero frente a la maravilla que nos regalaba esa cumbre, nada parecía tan imposible para la Pacha.
 
Después de admirar el paisaje y lo logrado por alrededor de 40 minutos, realizamos el descenso. Esa noche dormiríamos nuevamente en el Refugio Flor de Pupusa y al día siguiente nos buscaría la 4x4 para volver a Humahuaca.
 
Quiero aprovechar para agradecer a la capitanía del club por su predisposición y su ayuda, a los consocios que se acercaron con consejos y sugerencias y, en especial, a Facu Juarez Zapiola y a su equipo de Chakana, sin los cuales jamás hubiéramos llegado a la cumbre.

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